Muy pronto la leyenda rodeó de un raro prestigio a los Siete Sabios, considerados maestros y guías de la convivencia cívica en un tiempo en que Grecia vivía convulsos cambios sociales y políticos.
En el siglo VI a.C., antes de que aparecieran los primeros filósofos propiamente dichos, alcanzaron fama en toda Grecia una serie de personajes a los que se llamó «sabios», los «siete sabios de Grecia». El número es lo de menos, ya que sin duda se debía al valor mágico o convencional que el siete tenía entre los griegos, y la lista de sabios presenta variaciones en diversos momentos, aunque algunos nombres son constantes. Lo interesante es que estos sabios constituyeron en el siglo VI un fenómeno nuevo. Frente a los poetas y rapsodas, a los que ahora se criticaba por su exceso de fantasía, los sabios hacían gala de conocimientos objetivos y a la vez prácticos, de hecho más de los segundos que de los primeros.
Si algunos historiadores como Herodoto han alimentado la mala fama de Periandro, «tirano» de Corinto, en realidad también desempeñó una labor de pacificación, al igual que Cleobulo en Lindos. En Esparta el «sabio» que se recuerda es Quilón, un magistrado que reformó el sistema de Licurgo.
En la Grecia del siglo VI, la razón se abría paso para convertirse en el principio básico de comprensión del mundo, rompiendo las cadenas de la tradición y el mito. Y el primer ámbito en el que la razón debía aplicarse era el de la vida civil, la polis, un espacio de libertad en el quese estaba gestando la democracia que conocemos.
En la Grecia del siglo VI, la razón se abría paso para convertirse en el principio básico de comprensión del mundo, rompiendo las cadenas de la tradición y el mito. Y el primer ámbito en el que la razón debía aplicarse era el de la vida civil, la polis, un espacio de libertad en el quese estaba gestando la democracia que conocemos.
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